Canal del Villarreal

En la calle Micer Mascó de Valencia, entre las paredes del colegio San José de Calasanz (Escolapios), había un equipo de fútbol sala de profesores que todos los martes y viernes machacaban a los incautos alumnos que osaban hacerles frente. Con un fútbol de toque, comandado por el profesor de matemáticas y cerebro del dream team, Juan Añón, y en el que el oportunismo del teacher Paco Giner; la pasión del cañonero Emilio Abad; la contundencia del psicólogo Felipe y la polivalencia del lingüista Ramón Lis, hacían el resto.
Un grupo de profesores de EGB y BUP que contaban con un alumno aventajado: Juan Carlos Garrido. El hoy entrenador del Villarreal fue de los pocos imberbes del colegio que tuvo el honor de jugar junto a unos maestros con los que, sin saberlo, encauzó su camino hacia la Primera División.
Juan Carlos Garrido se tenía que dedicar al fútbol. Sí o sí. A muy pocos metros del entonces estadio Luis Casanova, su padres regentaban la Bodega Mestalla, en la calle Micer Mascó, cuando Mérito era Mérito. Allí, en la acera del negocio, él y sus hermanos menores, Raúl y Alfonso, pasaron muchas horas dándole al balón frente a la puerta de un local que rezumaba fútbol por los cuatros costados. Todos los domingos se llenaba de aficionados que hacían una parada obligatoria antes de acudir a Mestalla.
El nuevo entrenador del Villarreal mamó la pasión desde pequeño. El mayor de los hermanos Garrido Fernández ya es cuarentón (Valencia, 29 de marzo de 1969), aunque tiene la misma cara que aquel chaval que se convirtió en alumno aventajado. No en el estudio, que no era lo suyo, sino en el fútbol. En uno de los campos de fútbol sala de Escolapios, donde hace décadas se levantaba el patio porticado junto al frontón y la pista de atletismo, Juan Carlos Garrido comenzó a marcar su futuro.
En las bandas, muchos niños que esperaban el inicio de las clases vespertinas, veían fútbol y aprendían de los movimientos de sus profesores de matemáticas, inglés y literatura. Y aspiraban un día a jugar con ellos, un martes o un viernes; en un equipo en el que también tuvieron el honor de participar futbolistas como Nacho Cortina (Burgos y Villarreal), Luis López (Valencia B, Levante, Jaén y Logroñés), Toni López (Barcelona C) y Arturo Boix (veteranos del Valencia), que todavía es fiel a la cita de los viernes. De aquellos comodines, uno de los que más lejos llegó fue Raúl Garrido, hermano de Juan Carlos y su segundo entrenador en el Villarreal, que jugó en el Andorra, Valencia B, Murcia y Nàstic de Tarragona, entre otros.
A Juan Carlos le tiró siempre más el balón que los libros. Lo mismo que a sus hermanos Raúl y Alfonsito. El mayor de los Garrido se empapó de tácticas y estrategias que probó con sus profesores. «Su ídolo era Valdano, estaba como loco con él. Se compró su libro y recuerdo que en el vestuario ya preparábamos juntos las estrategias», rememora Juan Añón, el profesor de matemáticas, que sigue manteniendo la amistad con Garrido.
Estrategias para enfrentarse a imberbes de segundo y tercero de BUP que cada partido se volvían a clase con un saco de goles en contra. En el colegio, Juan Carlos Garrido ya pintaba sobre la pizarra para que sus profesores, aquellos que en más de una ocasión le catearon, jugaran a su son. Al ritmo de un entrenador de Primera División. Todo aquello que aprendió, lo puso en práctica durante seis años en El Puig, donde llevó al equipo a jugar dos promociones de ascenso. Luego pasó al Onda y, de allí, a las categorías inferiores del Villarreal B. Esta temporada, ha llevado al filial amarillo a ser el equipo revelación de la Liga Adelante. Tras la destitución de Valverde, le ha llegado la hora de la Primera División.
La afición por el fútbol la tenía a escasos metros de casa. En el viejo Mestalla. Los valores de la profesión se la inculcaron ese grupo de maestros a los que llamó en la última visita del filial amarillo al estadio Ciudad de Valencia para invitarles a que asistieran al partido contra el Levante UD.
Quizá Garrido no fue un buen estudiante, pero se desvivió por su amor al fútbol. Y nada más llegar, le ha trasladado al equipo el espíritu y los valores de aquellos profesores que todas las semanas jugaban a su lado. La mejor lección que se llevó fue la del compañerismo y por eso, nada más llegar al cargo, ha obligado los jugadores a desayunar juntos en la ciudad deportiva.
Ahora tiene un reto: que el Villarreal recupere un estilo perdido y que tantos éxitos le dio. Para eso sólo tiene que lograr que Marcos Senna le imprima al equipo el mismo espíritu que Juan Añón le daba aquel equipo de fútbol sala; que Joseba Llorente sea tan infalible como Paco Giner en el área pequeña; que Rossi tenga en sus piernas el mismo cañón que Emilio Abad; que Bruno sea tan polivalente como Ramón Lis y que Gonzalo lidere la defensa como lo hacía y lo hace Felipe en un equipo de profesores que sigue vivo. Juan Carlos Garrido está al mando: de alumno aventajado a maestro de profesores.
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